14 oct 2018

Vuelvo a repetir.


Desde el borde de aquella sombra, muy lejano, sin rumbo, me encontraba yo, una persona cualquiera, sencilla y simplona, era un chico tímido, bastante aguerrido, pero con un rollo existencial dentro de la cabeza. Todos los días despertaba pensando lo mismo, me preguntaba: ¿Qué debo hacer hoy, para que sea mejor que mañana?, que hombre, acá entre nos, no me iba tan mal, o al menos eso creía.

Pasaban los días de otoño, con tardes nubladas y llenas de ventarrones que podían llevarse el más mínimo recuerdo, solía salir, sentarme en el borde del balcón que daba hacia la calle, cruzaba mis piernas, tomaba un incienso y comenzaba a recordar aquellos días, pensaba, analizaba y de pronto, me llegaban unas inmensas ganas de leer algo que pudiera esclarecer mi sentir.

Las tardes parecían irse cuál hojas caídas de aquél pequeño abedul que posaba bajo el imponente cielo lleno de colores cálidos, veía la gente pasar día tras día, yendo a no se donde, a hacer no se que, mientras yo respiraba profundamente, imaginando, ¿que se sentiría estar del otro lado del mundo?, sin preocupaciones, sin responsabilidades, simplemente yo y todos mis pensamientos que no dejaban de atormentar mis días y en ocasiones, solo algunas veces, me hacían sentir dichoso.

Un chico con gustos sencillos, que valora las pequeñas cosas y que muchas veces le cuesta decir no, yo voy primero.
- ¡vaya que duro había sido el verano!, pero dicen que todo pasa por algo, que podemos aprender de lo que fuimos, de lo que somos, y comenzar a construir lo que queremos ser.

Han pasado ya largos 24 años desde aquel día, pero realmente ¿cuándo fue que comencé a vivir?, a disfrutar, a sentir, a mejorar. Vivimos en un mundo prolífico y falso, lleno de ambigüedades tratando de ser quienes no somos para estar con personas que a la más mínima te abandonaran por alguien que aparente ser mejor que tú, tarde que temprano lo comprendes, a veces es mejor tener una sola persona que te cuide, te valore, te quiera y sea sincero contigo, que tener un mar de gente que te cambiaría por una copa de alcohol sin dudarlo un segundo.

A veces es difícil salir de la zona de confort, el entregarnos, el creer que algo realmente está pasando cuando estamos tan acostumbrados a que todo en la vida nos falle, vaya mal, que cuando algo bueno nos sucede, terminamos por sabotearlo nosotros mismos. No todas las personas tienen el valor de dejar ir eso que ya no nos sirve, que no nos llena, que solo nos aleja de lo que realmente queremos, ¿realmente vale la pena aferrarse a algo que nos lastima?, ¿no valemos la pena lo suficiente para poder intentar ser felices?, el camino es duro, dicen que las grandes recompensas ameritan batallas aterrorizantes, el miedo a lo desconocido, el cambiar todo por algo que quizá no funcione. Somos humanos, siempre vamos a tenerle miedo a lo que no conocemos, pero, cuando tienes una corazonada, no vale la pena hacerte caso a ti mismo, a ti, aunque sea un poco, una vez.

A veces todos tenemos miedo, pero yo, aún con el mayor miedo de la vida, no voy a rendirme.

Jonathan Lizarrarás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario